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Quizá ninguna celebración en el planeta contenga tanto sincretismo inconsciente como la fiesta de Navidad. Tanta simbología que pasa de largo en medio de una vorágine comercial y una compulsión generalizada por la comida y la bebida.
Pero la verdad es que, creyentes o no, la Navidad posee una enorme carga de significados profundos que bien valdría la pena retomar. Repasemos algunos de ellos.
En primer lugar habría que decir que el origen de la Navidad la liga a las celebraciones rituales relacionadas con la tierra y la abundancia. En el mundo precristiano y en los albores del cristianismo no se tomaba el 25 de diciembre como el día del nacimiento de Jesús de Nazaret, el Cristo, mecías esperado por los judíos y sólo reconocido por los cristianos como tal. Lo que se celebraba, especialmente en el imperio romano y entre los celtas entre el 22 y 24 de diciembre coincidiendo con el del solsticio de invierno, era la celebración del sol, también conocida como “el nacimiento del sol invencible”, ya que en esos días ocurre el día más corto entre el alba y el ocaso, por lo que se adoraba al astro rey como tributo para que venciera a las tinieblas, el invierno pasara rápido y llegara una primavera abundante y próspera.
En esas mismas fechas tenía lugar el festival conocido como los Saturnales, festividades en honor a Saturno, dios de la agricultura y de las cosechas. Durante siete días se bebía y se agradecía al dios y a la tierra los dones recibidos. Se ofrecían sacrificios a la deidad e incluso se colgaban cabezas de oso (o de los guerreros de pueblos conquistados) en los árboles, dominantemente encinos o pinos, ritual que muchos historiadores han identificado como el antecedente del Árbol de Navidad que se volvió habitual en los hogares cristianizados siglos después en la región nórdico-germana del imperio romano.
Coincidentemente en el antiguo imperio Mexica, llamado también Azteca, durante esos días se celebraban las fiestas a Huichilopoztli, el dios solar, con un sentido similar, celebrar al sol y a la tierra por sus dones y frutos. De hecho la piñata, después convertida por los clérigos españoles en un símbolo del pecado que el ser humano ciego -vendado-debía vencer (de ahí los siete picos que se añadieron que representan los siete pecados capitales), representaba en realidad a la madre tierra llena de frutos y regalos que eran ofrecidos, cual parto, a los hombres y mujeres del mundo.
Por eso en cada fiesta en estos días -posadas incluidas- y especialmente en la cena de navidad, estamos haciendo, o deberíamos hacer, una ofrenda a la madre tierra que nos ofreció sus dones, riqueza y alimento, durante todo el año, haciendo votos por cuidarla para que el siguiente, nos siga obsequiando su abundancia.
Fue hasta el siglo cuatro después de Cristo cuando el patriarca de Constantinopla Juan de Antioquia o Juan Crisóstomo, se estima que en el año 386, impuso a su comunidad celebrar el 25 de diciembre, en plenas saturnales, el nacimiento de Cristo. Práctica que poco después fue adoptada e impuesta a todo el imperio romano por Constantino el grande, una vez que se convirtió al cristianismo.
Hoy se sabe que Jesús de Nazaret debió haber nacido entre los últimos días de agosto y los primeros de septiembre, fechas en las que se realizó el famoso censo del emperador Tiberio que obligó a sus padres a viajar de Galilea a Belén para ser censados. Otro estudio de la Nasa localizó la conjunción planetaria que dio origen a la mítica Estrella de Belén en el mes de septiembre del siglo uno de nuestra era, lo que parece confirmar la hipótesis. Hay otras que sitúan el nacimiento de Jesús en el mes de marzo. El hecho es que no nació en diciembre, mucho menos el 25.
Sea como sea, la noche del 24 y el día 25 de diciembre, además de honrar la tierra, el mundo cristiano celebra la aparición del redentor, de un hombre que vino a partir la historia occidental en dos, y a ser el iniciador del mensaje de paz, amor y justicia más grande y audaz que se recuerde; mismo que a más de dos mil años de su nacimiento sigue vigente, esperando convertirse en una realidad para toda la humanidad.
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