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La tragedia de Haití: dolor en busca de sentido PDF Imprimir E-mail
Escrito por Eduardo Azuri   
Lunes, 18 de Enero de 2010 13:00


Haití y en especial su capital Puerto Príncipe parecen destinadas a vivir en la tragedia, peor aún en una especie de cámara de tortura continental destinada a personas que no merecen sufrir lo que padecen.

Asediada y destruida por piratas en la época colonial, que la incendiaron completa, como bien lo narra Alejo Carpentier en su maravillosa novela: “El reino de este mundo”; después, sometida por dictadores cruentos para ser rematada por el embate de la naturaleza que pareciera reclamarle su osadía de estar situada en una de las zonas más peligrosas del planeta, la nación haitiana y su capital parecen hechas para pagar una deuda que ni siquiera debería ser de ellos.

Por eso duelen, y mucho, las imágenes que nos llegan desde la isla, y curiosamente duelen más, no por lo que está ocurriendo ahí como consecuencia de los sismos, sino por lo que siempre ha estado pasando en esas latitudes: miseria, hambre, abandono, enfermedad que no vemos, que se nos olvida. Cabe la pregunta,  ¿antes de la tragedia, cuántos mexicanos hubieran o hubiéramos podido contestar con precisión dónde se encuentra Haití? Ya ni hablar de la nación con la que colinda, qué idioma se habla allá, qué credo se practica o cuál es su situación continental y mundial.

Ahora a todos nos surge la buena voluntad y las ganas de ayudar, y es importante que así sea, pero parece que es necesario que ocurra un terremoto y que aparezcan escenas de muertos y heridos en la televisión para que nos acordemos que en nuestro continente, en nuestras naciones, incluso en nuestras comunidades, hay una miseria que no deberíamos (si al menos asumiéramos el verdadero significado de la palabra dignidad), siquiera tolerar. He ahí la gran paradoja de la tragedia de Haití: nos duele que la naturaleza sea la que sacuda la consciencia y no a la inversa.

Por otra parte, la tragedia de Haití también nos está revelando cuán mal y poco preparados estamos a nivel global para atender de forma oportuna, además de organizada, desastres de alta magnitud. Es increíble que en pleno siglo XXI, era que presumimos de comunicación y avances tecnológicos notables, suceda un evento de estas proporciones y después de varios días todavía haya cadáveres descomponiéndose en las calles de Puerto Príncipe. Es aún más inaudito que las Organización Mundial de la Salud, la ONU y otros organismos internacionales como la Cruz Roja no dispongan de un plan y recursos suficientes para responder con atingencia a una situación devastadora.

Es más absurdo y grotesco, por no decir obsceno, que exista por parte de las potencias, especialmente los Estados Unidos, un gasto militar exorbitante y no se cuente con hospitales navales y aéreos ambulantes que pudieran trasladarse en unas cuantas horas para atender heridos y enfermos en zonas de desastre masivo.


Nos duele Haití, y nos debería de doler aún más, porque lo único que está desnudando la tragedia de ese pueblo inerte e inocente es que las prioridades de la distribución, los servicios y el comercio mundial están depositadas en el lucro y no en la atención de los seres humanos cuando más lo necesitan. Importa más la utilidad que la supervivencia. Si se trata de desplazar un embarque de cerveza de un continente a otro, o incluso mandar una nave al espacio, esto se hace en cuestión de horas, pero movilizar medicinas, ayuda médica e incluso agua para quien está muriendo nos lleva días. El homo absurdus en su máxima expresión.

La tragedia de Nueva Orleáns del 2005 ocasionada por el huracán Katrina ya nos mostró que incluso el país más poderoso de la tierra no está preparado -o no le da prioridad-  a la atención de un desastre de grandes proporciones. Pero como comunidad internacional esto ya no puede ser posible. Es el momento de presionar, como sociedad civil, como naciones incluso con menos poderío económico pero con influencia internacional, como es el caso de México, para que exista una fuerza mundial preparada con recursos suficientes para actuar de forma inmediata y sin que medien burocracias, en situaciones de emergencia que, por otra parte, deberían ser declaradas como “desgracia o desastre de la humanidad” para reconocer que lo que le pasa aún al país más pobre y olvidado del mundo en realidad nos está ocurriendo a todos. Debemos actuar ya, en lo que nos toca a cada uno, si es que aspiramos a reconocernos algún día como verdadera comunidad global, aldea mundial.

Sólo así esta tragedia y las vidas perdidas en Haití habrán tenido algún sentido.

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