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1. En un país que aspira a una democracia genuina, la polarización en política resulta indeseable porque se achica el espacio público para el diálogo entre adversarios. Además, se marchan de vacaciones las decisiones producto de consensos reales (no precipitados y gandules, como varios de los que se tejen en el Congreso de la Unión sobre cuestiones fundamentales), mientras que los disensos (la capacidad de decir no a un estado de cosas) cobran tonos preocupantes de rebeldía y radicalismo. La polarización lleva a los contendientes a una escalada de argumentos en donde lo primero que desaparece es la moderación.
Y sin moderación, que es lo contrario de la polarización, no hay consenso posible ni disenso constructivo.
¿Qué es la polarización en política? La tajante decisión de no escuchar a otros en la búsqueda de soluciones a problemas compartidos. La polarización implica el lugar común del diálogo de sordos. Aunque observando de cerca este lugar común, creo que se queda corto para ilustrar la polarización: algunos de nuestros políticos le dan veinte y las malas a los sordos. Me explico: un sordo puede no escuchar palabras emitidas como sonidos, pero sí llega a comprender cuando se utiliza otro soporte material para el mensaje (palabras escritas en papel, o el lenguaje de señas). De tal manera que el sordo, incluso con severos problemas físicos para el diálogo, se comunica y trata de entender los códigos a su alcance, entre otras cosas porque tiene una necesidad desesperada de hacerlo. No pasa lo mismo con algunos de nuestros políticos más encumbrados, de 2006 para acá.
La polarización es una necedad llevada al extremo, que aleja las posibilidades de concordia en la esfera pública y en los grupos sociales que se sienten representados por fuerzas políticas.
2. Una muestra inigualable de polarización en política la han protagonizado Felipe Calderón Hinojosa, Presidente de México, y Andrés Manuel López Obrador, todavía –para mí- el político de izquierda más importante a nivel nacional. Marcelo Ebrard no pesa lo mismo a lo ancho de la república que en el centro, mientras que Cuauhtémoc Cárdenas a estas alturas tiene valor simbólico y no estratégico-pragmático. Otras personalidades de la izquierda se diluyen en la comparación ética con López Obrador, como Jesús Ortega (por su servilismo/esquirolismo) el obsequioso senador Carlos Navarrete, Manuel Camacho Solís y Porfirio Muñoz Ledo (demasiadas camisetas), o el Subcomandante Marcos (arrinconado en su territorio libre). Calderón y López Obrador se han negado sistemáticamente a reconocerse como interlocutores políticos, luego del encontronazo electoral del 2006 que se decidió (con tensión social extrema) en los tribunales electorales. Fue un desencuentro por urnas cerradas a cal y canto, con menos de un punto porcentual de diferencia. Sin el voto por voto, (revisión exhaustiva de paquetes electorales), Calderón apostó por el desgaste del adversario en el tiempo, tempo que de paso -poco a poco- lo legitimó a ojos de la mayoría mexicana en las encuestas de opinión. López Obrador apostó por el no reconocimiento de Calderón y la radicalización de su movimiento social (que lo es, además de agrupación política, con la fórmula partido/movimiento). De ahí p’al real, las visiones de país de Calderón y López Obrador son fatalmente antitéticas, simétricamente distantes. Parece, sin más y lamentablemente, que hablan de Méxicos diferentes. Otra cosa es, advierto, que representen políticamente a estratos de población sumamente diferenciados. Eso ya no puede decirlo (ni argumentarlo) Calderón, que constitucionalmente está obligado a gobernar para todos los mexicanos.
3. En el año que inicia, por ejemplo, Calderón habló en su mensaje del “año de la recuperación”, mientras que López Obrador se refirió –en un spot del PT- a “los mismos grupos que controlan el país”; Calderón dijo que “nadie, absolutamente nadie estará por encima de la legalidad”, mientras que López Obrador se refirió a las “legalidades amañadas y los acuerdos copulares que lastiman a millones de mexicanos”; Calderón pidió el apoyo a millones de mexicanos para continuar el esfuerzo de gobierno que traerá –ahora sí- justicia social, mientras que López Obrador pidió a los mexicanos sumarse a su lucha, porque sólo el pueblo organizado puede salvar al pueblo.
Para reafirmar este cuadro de polarización firmado por ambos personajes, hace unos días (puede el lector revisar esas notas aquí en NN) Calderón dijo que “hay que hablar bien de México”, quejándose de quienes hablan ‘mal’, obviamente, porque los mandaba al rincón de los burros en cuanto a nacionalismo se refiere, “lo que no hacen los brasileños”; por su lado, López Obrador entrevistado por La Jornada habló de “un país ‘aborregado’ por el duopolio televisivo”, en clara referencia a las coberturas de Televisa y TV Azteca. Es decir: del negro y el blanco no se bajan. No hay moderación.
Habrá que decirles a ambos políticos (uno de ellos, el máximo gobernante del país) que su visión polarizada de México es insuficiente para infundir esperanza en el futuro inmediato, si –se supone- eso es lo que quieren.
Podría dar más ejemplos de esta polarización discursiva entre Calderón y López Obrador, pero el funcionamiento de sus mentes me parece claro: lo que piense el otro no importa. Y más exactamente: “si acaso coincidiéramos en algo, quizás no podría dormir”.
En esa polarización política, lo que olvidan Calderón y López Obrador (que no se mencionan por sus nombres entre sí, sino por referencias indirectas, en el colmo del desprecio político) es que millones de mexicanos observan el pleito de callejón desde hace 3 años y quizás desearían otro escenario, menos rijoso y vengativo. Ni el sometimiento, ni la exclusión. Ni el radicalismo, ni la persecución. Pero, ¿cómo llegar a un consenso si los puentes políticos y sociales se han dinamitado desde las cabezas? Esa es la trampa en que cayeron Calderón y López Obrador, en pleno Bicentenario. Por ello, no funcionará el llamado a un debate nacional por parte de López Obrador; él, que por decisión propia no asistió al primer debate presidencial en marzo de 2006.
Y el claro ganador, por omisión y prudencia, de esta riña PAN-PRD desde 2006, es el ausente PRI, que ya teje su chambrita hacia Los Pinos.
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