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Haití: desorden y desesperación PDF Imprimir E-mail
Escrito por Pablo del Ángel Vidal   
Lunes, 18 de Enero de 2010 13:51



1. El terremoto en Haití ha traído consigo un doble drama para los sobrevivientes: el drama del desorden por un gobierno ausente que no puede canalizar la ayuda internacional, y el drama de la desesperación por la cruel incertidumbre, sumada a las ingentes necesidades que se padece, pues encontrar alimentos y agua en la zona devastada es cosa de locos.

Una foto del periódico español El País resulta ilustrativa de la irracionalidad galopante en la zona de desastre: desde un helicóptero, un soldado norteamericano trata de lanzar botellas de agua a los damnificados. Las tropas gringas no se atreven a acercarse de todo (a bajar de sus helicópteros, pues) ya que eso genera una escalada de agresiones y reclamos entre aquellos que deberían ayudarse.

Doloroso drama aparte son los muertos por el terremoto en Haití: la cifra ronda los 25 mil muertos, oficialmente. S tomamos en cuenta que en el terremoto de 1985 en el DF la cifra oficial fue de 5 mil muertos, entonces tenemos la oscura dimensión de esta catástrofe, pues los cuerpos no encontrados entre los escombros carecen de una defunción certificada, pero eso –la ausencia de muerte oficial- no significa que otras personas no hayan muerto, o que no se encuentren atrapadas entre los escombros, en pleno horror. No han sido suficientes los esfuerzos de especialistas (como los topos mexicanos y franceses) para encontrar a más personas entre las ruinas de Haití.

Las tareas de salvamento corren contra el tiempo, contra el desorden gubernamental y contra la cultura haitiana de sol y descanso. Ya la ONU anunció que hoy (domingo 17 de enero) terminarán las labores de búsqueda de sobrevivientes y que sus miembros (6 mil cascos azules) se concentrarán en la distribución de víveres.           

2.  Haití es, para decirlo pronto, el país más pobre del Continente Americano. Su gobierno es raquítico en recursos y en funcionarios. Duele decirlo, por las tareas que podría realizar, pero su ejército es bananero. Su población trabajadora sobrevive con menos de un dólar al día. Trate el lector de mantener a una familia de 4 personas con 13 pesos. No es extraño que, ante un terremoto de dimensiones descomunales, el desorden sea la moneda corriente.

Recuerdo los problemas que tuvo el gobierno de Miguel de la Madrid para enfrentar el terremoto del 19 de septiembre de 1985. Recuerdo que Carlos Monsiváis planteó por esos días que se había vivido una “toma de poderes” ciudadana en el DF, ante la inoperancia del gobierno mexicano. Si eso sucedió aquí, qué no ha sucedido en Haití en términos de yerros de operatividad y acciones concretas para distribuir la ayuda internacional. La gran organización ciudadana que se formó en México ante el drama del terremoto (brigadas de apoyo, que actuaban con cierto orden en el caos), no se ha producido en Haití desde ningún punto de vista. La cultura de la solidaridad, hasta ahora, ha brillado por su ausencia. El pillaje es una forma de sobrevivencia en Haití. Se vive en plena ley de la selva.

Otra imagen periodística impacta por lo inhumano: niñas que lloran entre los escombros son ignoradas por personas adultas; nadie se hace cargo, nadie se da por aludido, en una indiferencia que pasma pero que resulta cómoda. Es  la ley del mínimo esfuerzo ante la tragedia. En este sentido, además del golpe de la naturaleza hay un golpe sociocultural: Haití no ha sobrevivido con dignidad a sus muertos.          

3. La desesperación en Haití se reproduce como los virus, de manera silenciosa. El aeropuerto internacional ha colapsado, el gobierno local ha colapsado. En términos de autoridad, la ONU y los Estados Unidos mandan, según los despachos de numerosos medios de comunicación que –como pudieron- se aposentaron en Haití para captar en directo la tragedia. Es irónico en grado sumo que los medios de comunicación hayan llegado con sus coberturas minuto a minuto, para transmitir el caos que se vive, mientras que la ayuda internacional se encuentra empantanada y no ha fluido de la mejor manera. No es lo mismo llegar a ver que llegar a hacer. Desde luego, esto no es responsabilidad de los medios, pero sí llama la atención que las imágenes de Haití estén a disposición del mundo, mientras que la ayuda del mundo no puede llegar de la mejor manera a Haití.

La desesperación significa que cada quien ve por su propia sobrevivencia, sin otro parámetro ético. El agua se pelea palmo a palmo, los pocos alimentos que se distribuyen se arrebatan o se roban después, las brigadas militares se comportan como Tontons Macutes (guaruras de tiempos idos no tan idos en Haití) y los cuerpos internacionales de ayuda no saben muy bien qué hacer y cómo dirigir las tareas.

Creo que buena parte de esta desesperación es cultural. Me explico, aunque puedo equivocarme: el pasmo ante el terremoto, la desesperanza que crece, se nutren del analfabetismo haitiano y sus mitos exóticos (vudú y otras supersticiones) lo mismo que por la displicencia de su población hacia el trabajo. No quiero estereotipar, pero por lo que los medios han mostrado, se ve que los  ritmos de los pobladores son otros, no los de la tragedia (o los ritmos de acción que requiere esta tragedia). La desesperación, también, podría ser una percepción externa ante todo lo que falta por hacer y que quizás los haitianos junto con la ayuda internacional no están haciendo.

Son horas durísimas, pues, para el género humano. Desgraciadamente, nadie lo entiende mejor que los haitianos que sobreviven en Puerto Príncipe.

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