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1. La gélida noticia de un disparo en la cabeza al delantero paraguayo de las Águilas del América, Salvador Cabañas, me da pie para una reflexión que desde hace algunos meses traigo entre ceja, oreja y sien: la exposición mediática del deporte, en sombría combinación con la vida privada y las tribulaciones de las estrellas. Un asunto delicado, desde luego, usado para el morbo y la distracción de todos. “Quien esté libre de pósters, que tire la primera piedra”, dijo alguna vez don Carlos Monsiváis, ese radar humano de la cultura en México.
Por lo que se sabe vía medios, lo que padeció Cabañas fue un asalto en los baños de un restaurant-bar (llamado pleonásticamente Bar-Bar) que frecuentan artistas y deportistas en el DF. No se trata entonces, de un lugar de mala muerte, sino de un sitio con orden y cierta exclusividad. Pero ya se ve: dondequiera se cuecen habas. Lo que dijo Michel Bauer, presidente del América, es que Cabañas se encontraba ahí junto con su esposa, de madrugada. Hay detalles que faltan, y que quizás se sabrán a partir de la investigación policial. De entrada, parece otro hecho lamentable de inseguridad en la capital del país, pero creo que las especulaciones correrán a pasto porque eso es lo que vende en los medios. Más, si es un deportista famoso el involucrado.
Y muchos tendrán una versión a la medida de su morbo.
En sentido estrictamente deportivo, preguntaría si Cabañas iba a tener entrenamiento el lunes 25 de enero. Si es así, ¿qué hacía la madrugada de ese día en el Bar-Bar?
2. Desde otro ángulo, la mezcla mediática deporte+vida privada+tribulaciones resulta un parámetro de la crisis de valores y la ausencia de sentido de la vida en el mundo moderno, pese a la fama y pese al dinero acumulado por ciertas personas, privilegiadas por el hecho de desarrollar una habilidad física superlativa. Esto me recuerda la filosofía sustentada por el último Guasón en Batman: The Dark Knight: “Si haces algo bien, no lo hagas gratis”. Tengo la certeza de que, con perdón del Guasón, algunos salarios de estrellas deportivas se sitúan fuera de toda racionalidad, tomando como base la utilidad social que reporta la actividad deportiva.
Un ejemplo del futbol americano: según reportes de la NFL, el mariscal de campo novato de los Jets de Nueva York, Mark Sánchez, gana 350 mil pesos por día. Sí: leyó usted bien. 350 mil morlacos diarios. Haga el lector la proyección mensual y anual. Cantidades para marear a cualquiera, sobre todo a un joven de 23 años de edad, novato de primer año en la NFL. Sánchez, de ascendencia mexicana (sus raíces llegan a Zacatecas), debe saber lo que son las privaciones, pues su abuelo fue inmigrante y su padre trabaja de Bombero en el área de San Diego. Por cierto, en una decisión que habla de su calidad humana, el padre de Mark Sánchez no ha dejado de trabajar como bombero aunque su hijo Mark tenga ya para mantener a unas cuantas generaciones de Sánchez en los esteits.
La fama y el dinero rápido no son buenas compañías. No creo que influyan de forma positiva en el carácter de nadie, aunque hay quienes pueden sobrellevar de mejor manera los reflectores y los cantos de sirenas. Tarde o temprano, el tren de vida de las estrellas cobra su cuota de desolación. Le ha pasado a boxeadores (Mike Tyson), futbolistas (Diego Maradona), beisbolistas (Pete Rose), basquetbolistas (Magic Johnson), golfistas (Tiger Woods) y anexas. Por ello, hay especialistas (sociólogos, psicólogos) que plantean que las tribulaciones de la vida privada de los deportistas no se presentan “pese a la fama y pese al dinero acumulado”, sino precisamente ‘gracias’ a la fama y el dinero acumulado. Es decir: el ambiente deportivo y su plus de portadas, escándalos, vida disipada, contratos publicitarios y carretadas de dólares. Desde luego, estos rasgos no son privativos del deporte: pertenecen al Jet Set del entretenimiento mundial, que incluye el star sistem del cine, la televisión, la política, el rock y –quizás en menor medida- la cultura y el arte. 3. Tengo para mí que la sociedad occidental ha evolucionado hacia un relativismo cómodo, en donde cualquier exceso es apenas anecdótico, porque en realidad el sistema se mueve con base en el exceso, criterio clave de cualquier valoración exitosa en sentido social.
Ojo: aquí defino exceso no como una acción, sino como una atmósfera cultural que permite acciones destructivas que, sin embargo, no se cuestionan como tales. En este sentido llamo exceso al “entendimiento social que tácitamente (de forma no evidente) permite desarrollar entre sus miembros una ética y un accionar esencialmente egoísta, con miras a la satisfacción indiscriminada de deseos”. Esto, llevado a rango de modelo social exitoso, me parece una aberración del mundo que habitamos.
Si el lector quiere abundar sobre el particular, recomiendo un texto notable de Raúl Alegre, publicado hace 4 meses en la página deportiva de ESPN (lo encontrarán en su archivo de columnas). Escrito como una confesión de parte a raíz del asesinato del exmariscal de campo de los Titanes de Tennesse, Steve Macneir, el texto de referencia es ilustrativo respecto a los excesos que se viven en la escena deportiva. Alegre fue pateador con los Gigantes de Nueva York, y cuenta cómo las fiestas chic eran un medio ambiente natural en la Gran Manzana. Alegre no era una celebridad, pero por el solo hecho de portar el jersey de los Gigantes las puertas (y otras cosas) se abrían. Hasta que un día los excesos y la superficialidad fueron demasiado para Alegre, quien puso un alto en su vida disipada y ahora –desde la experiencia del fuego del éxito en carne propia- puede contarlo. Otros, no.
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